Opinión del 8×09, por Ricardo Aguilera


Durante las últimas semanas he criticado duramente los episodios de “La que se avecina”. Sin embargo, esta vez, detendré mí afán para rescatar la gran virtud de la serie. No importa si se pone sexista, ordinaria o panfletaria, cumple su rol de divertir, que ya es mucho dentro del contexto televisivo actual. El noveno capítulo de la octava temporada toma viejas tramas de la serie y las replantea para darle más cuerda a la historia. “Amador” se reencuentra con su hermano lisiado, que es DJ, con él compone el “mandanga style”. Esta aventura, aunque termina en desastre, le da un respiro a los “cuquis”. “Enrique”, por su parte, recibe en su casa a la alcaldesa que está enfada con su marido ministro porque este le es infiel con una mujer más joven. “Enrique” la acoge y los vecinos le roban el “cd” con las cuentas turbias del político y su partido. Este tipo de trama, además de aparecer en capítulos de otras temporadas, resulta un poco tediosa. Todos tenemos claro que los creadores de la serie están desconformes con el actuar de la clase política, pero es menester que la estrategia de la crítica sea otra: que “Antonio” sea un justiciero no ayuda mucho. Los seguidores de la serie nos hemos acostumbrado a que los políticos y empresarios sean ridiculizados. Sin embargo, tienen a un político “integro” (“Enrique”) entre sus protagonistas frente a un empresario sin escrúpulos (“Antonio”) que también es un personaje central. Está dicotomía es explotada en todas la temporadas, por lo que me pregunto: ¿cómo “Enrique” sobrevive en un entorno tan hostil para alguien con sus principios?, ¿cómo “Antonio”, si se adapta perfecto a estos contextos, no triunfa con más contundencia? Les aseguró que mostrar a alguna de las habitantes de edificio enamorada de “Antonio”, como poderoso mayorista influyente, podría darles mucho juego. No olvidemos que gente como el “pescadero” es la que corrompe a políticos y los maneja a su antojo. Esto es sólo una sugerencia. Lo más probable es que sigamos viendo críticas al estado de la política española con más recurrencia, en parte, gracias al fenómeno “Pablo Iglesias” que hace varios años viene levantando la audiencia de cuanto programa le da tribuna. Tal vez, ahí este uno de los secretos del éxito de las últimas temporadas: mantenerse cada vez más conectadas con este tipo de discurso. En resumen, las tramas siguen siendo divertidas, pero cuidado, no tanto como las de las temporadas que volvieron un fenómeno la producción (la tercera y la cuarta), en las que “Estela” se convirtió en el sello de identidad de la ficción y las críticas al sistema no eran tan recurrentes.

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