Mariví Bilbao: “Me voy de la tele, pero no dejaré de hacer anuncios”


Mariví Bilbao:' Me voy a casa'La abuela macarra de la tele no tiene nietos, pero sí una sobrina de 19 años, Izaskun, que hace con ella lo que quiere. En su honor se puso el nombre de Izaskun Sagastume en ‘La que se avecina’ (Telecinco), la serie con la que Mariví Bilbao-Goyoaga (Bilbao, 1930) pone fin a sesenta años de profesión. «Me levantaba a las cinco de la mañana y grabábamos hasta las cuatro de la tarde y luego a estudiar los guiones del día siguiente. No estoy enferma ni me han echado, es que no quiero más, me voy a casa».

Ya está, en el piso de la familia en la capital vizcaína, donde vive con su hija y su yerno. Echará de menos ir al cine en Madrid, su ciudad adoptiva –la última vez vio ‘La chispa de la vida’– porque «en las salas de Bilbao ponen el aire acondicionado tan fuerte que hace frío. Y no te enteras bien de la película porque estás cabreada». Las ve en casa –tiene una videoteca amplia –‘El discurso del rey’, Good’, ‘Canino’…– y también se entretiene con la tele. «Me he enganchado a ‘Amar en tiempos revueltos’ porque ese rollo lo he vivido». Se refiere a la Guerra Civil y a la posguerra. «De niña ví cosas muy tristes, al padre de una amiga del colegio lo mataron y eso es muy terrible cuando tienes 12 años. Para vivir eso hay que echarle cojones».
Pero Mariví también fue una cría como los demás. No cuesta imaginarla espigada y rebelde, poca amiga de los sermones –estudió con las Teresianas– y de los libros. «Para librarme de la clase de Matemáticas me apuntaba voluntaria a confesarme y me inventaba los pecados. ¡Les metía cada mentira…! Un día le dije: ‘Padre, una de las señoritas se ha enamorado de usted’. ‘¿Y quién es, quién es?’, insistía el otro. ¡Fíjate hasta dónde llegaban los curas!».
Pero mejor que la hora de la confesión –no ha vuelto a redimir pecados–, era la del recreo: «Jugábamos a las tabas y a canicas, pero no me dejaban ser la primera porque era muy buena y nunca perdía, así que me ponían de segunda o de tercera». De las tabas se acordará cualquier chaval de los años 40 ó 50. Y también la hija de Mariví –es decoradora–, aunque solo tiene 42. «Nos las guardaba el carnicero y luego mi madre y yo las pintábamos con esmalte de uñas». Elvira es la única hija de Mariví, fruto de su matrimonio con su segundo marido, Javier Urquijo, pintor, escritor y el compañero al que más quiso. «Era un hombre fantástico. La pena es que se me murió muy pronto… Fue un palo muy grande. Mi primer esposo también falleció, y me dio pena, pero no le quise tanto como a éste, ¡ni color!».
Mariví fue ‘Ángela’
Con Javier –muy presente en su hogar, con sus cuadros forrando todas las paredes– y con Elvira volvió a tener de nuevo una familia. Porque Mariví perdió joven a su madre y estuvo muchos años enemistada con su padre. «Él no me dejaba trabajar en el teatro porque antes se pensaba que los actores eran maricones y las actrices poco menos que putas. Así que me piré de casa. En el teatro usaba otro nombre para que mi padre no supiera que era yo y me puse Ángela Valverde, el primero que salió al abrir las páginas amarillas». Su padre volvió a casarse y fue la madrastra de Mariví, Esperanza, la que intercedió para que hicieran las paces, aunque «fue una reconciliación seca». Él, tercera generación de una familia dedicada al pujante negocio de los toldos –«lo empezó mi bisabuela, que estaba casada con un marino y tejía redes»–, nunca entendió que a Mariví no le interesara otro ‘negocio’ que no fuera el de subirse a un escenario.
– Si supiera su padre a lo que ha llegado en su profesión…
– ¡Se muere de vergüenza! Cuando se enteró de que era actriz no me mató porque no estaba bien matar a una hija, pero me hubiera matado muy encantado.
Secundaria de lujo, el ‘boom’ le llegó a la edad de la jubilación, cuando Alberto Caballero escribió en ‘La que se avecina’ (Antena 3) el personaje de Marisa, la ‘abuelita’ deslenguada, fumadora y aficionada al bingo y al chinchón. «No era chinchón de verdad, claro, era un preparado que sabía fatal, para vomitar de malo». El chinchón ni lo prueba, pero el pitillo no lo suelta y en dos horas de entrevista ventila media cajetilla de tabaco rubio.
– ¿Está harta de que le digan que deje de fumar?
– Sí, pero no les hago ni caso. Todos me dicen: ‘Te vas a morir’. ‘¡Coño, y tú!’, les respondo. De niña le robaba cigarros a mi padre. Mi madre también fumaba que se las pelaba.
Y los chavales ven por la tele a esta señora mayor que echa humo y suelta tacos –seguro que algunos no están escritos y son de cosecha propia– y se mondan. «El otro día se acercó un chaval de unos 13 años y me dijo: ‘Mi abuela no sabe hacer lo que haces tú, pero cocina muy bien’. Ja, ja. Y le di un beso».
– ¿Y usted no cocina?
– Desde que murió mi marido, no. Ahora lo hace todo mi hija, mis amigas me dicen que preparo muy bien la merluza rebozada. Y mi yerno cuenta que las mejores lentejas del mundo son las mías. ¡Lo va diciendo por la calle! Es un chico tan fácil de querer…
Mariví tiene abandonados los pucheros, pero no olvida la receta de un buen chocolate a la taza. Lo pone siempre en las «merendolas» –«cuando cumpla 83 hay que hacer una ¿eh?»–. «De cría, mi madre cenaba con mi padre y conmigo, pero comía poco. De madrugada se levantaba y se ponía un tazón de chocolate con mucho pan y mantequilla, y así todas las noches de su vida. Si miras ahora en la nevera verás una cazuela de chocolate», desvela Elvira.
Y esta anécdota venía por lo del adolescente aquel de la abuela cocinera, pero Mariví tiene mil: no da un paso sin que la paren para hacerse una foto. «Con lo que me gusta a mí estar sentada en un banco… pero se lo agradezco mucho, sin el público no somos nada». El miércoles la actriz sufrió una caída en casa –se tropezó con su perra, Frida, un labrador dócil de cuatro años y medio– y tuvo que ir al hospital a curarse los golpes del brazo y la pierna. «Me hicieron por lo menos treinta y cinco fotos, da igual niños que mayores, se acercan todos. Y el otro día una señora me regaló una pulsera».
Amiga de Carrillo
Uno ve en la tele a Izaskun Sagastume y se troncha, pero en persona Mariví Bilbao es una continuación mejorada del personaje que alterna pullas y carcajadas. «En la televisión le han dado siempre papeles amables, pero yo la veo mejor de mala malísima, porque tiene una expresión muy dura, de cortarte la respiración. En ‘Salto al vacío’ (Daniel Calparsoro, 1995) hizo de cabrona como nadie», recuerda su hija. Allí le tocó el papel de una mala madre, y el de una jubilada que contrata a un gigoló para que la desvirgue en ‘La primera vez’, uno de sus trabajos más aplaudidos (Borja Cobeaga, 2001).
– ¿La retirada es definitiva?
– Sí, de la tele sí. Pero anuncios sí hago porque no tardas nada y te pagan de maravilla. En julio, después de dejar ‘La que se avecina’, rodé uno sobre reciclaje.
Y desde entonces se ha entregado al descanso como no ha podido hacerlo en cincuenta años –muchas mañanas se levanta, desayuna y vuelve a acostarse–. No sigue mucho las noticias porque es una descreída de la política, pero que no le toquen a Carrillo: «Me encanta, va a durar más que yo, y es más viejo. Nos conocemos solo por teléfono porque cuando le pregunto si le voy a ver me dice: ‘No vengas, que estoy hecho un cristo’. Ja, ja. Es un hacha, un tío de verdad». Mariví pasaría a gusto una tarde charlando con él… o con cualquiera, porque es una gran conversadora y tiene un anecdotario fabuloso.
– Cuéntenos lo de los Oscar –estaba nominado el corto ‘Éramos pocos’, que rodó en 2007 a las órdenes de Borja Cobeaga–.
– Me hubiera encantado conocer a Clint Eastwood, para hablar un poco con él, aunque yo de inglés ni ‘yes’. ¡Me parecía hasta guapo! Y de repente se me acerca una actriz y me dice que no se puede fumar: ‘Me da igual… total, hemos perdido’, le dije. Y se puso a echar humo.

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